Ay, Mandalay

Ay, Mandalay… ¡Si Orwell y Kipling levantasen la cabeza!

Tú, que venías con toda la ilusión de conocer la mágica ciudad de Mandalay, tantas veces imaginada a través de la literatura. La Mandalay mágica que sólo con pronunciar su nombre evoca mil sensaciones diferentes…

Y después de una noche de autobús llegas a la estación donde, como siempre, te asaltan decenas de taxistas para llevarte a tu hotel, aunque esté sólo a 10 metros. En esta ocasión, como no está a 10 metros sino a varios kilómetros, porque los birmanos tienen la costumbre de poner las estaciones de autobús a las afueras de la ciudad, para que no puedas llegar a ningún sitio andando, compartes taxi con una pareja de británicos y, desde su hotel, te pones a buscar uno barato para ti.

No son ni las siete de la mañana, así que la ciudad está despertando. Los monjes hacen su ronda matutina pidiendo limosna para comer y los puestos de los mercados comienzan a levantarse y abrirse. Las calles ya están llenas de gente. Y de basura. Y de barro, porque no ha parado de llover en toda la noche y todo se ha convertido en un barrizal por el que es imposible andar sin pringarse. Para llegar hasta la zona donde están los hostales baratos tienes que atravesar unas cuantas manzanas con este panorama: suciedad por todos lados, muchísima gente que deambula de un lado a otro afanándose por arrancar el día y cantidad de fango, alternando con charcos de profundidad media “piscina olímpica”.

Por fin encuentras un sitio medianamente barato, bastante limpio y la mar de exótico, porque tu ventana da directamente a la pagoda del barrio, con los consiguientes continuos cantos de los monjes desde las 5 de la mañana. Para que no olvides que estás en Birmania.

birmania_mandalay_palacio_realCuando te dispones a salir a la calle para buscar la parte más bonita de Mandalay, porque hasta ahora lo más bonito es su nombre, te das cuenta de que tu tarjeta de crédito no está donde debería. Uf, nervios. Buscas en la otra cartera. No está. Empiezas a sudar. Miras en todos los bolsillos del pantalón, en el fondo de la mochila y entre toda tu documentación. Risa floja. La tarjeta no aparece. Te pones a hacer memoria y sabes donde la pusiste la última vez que la utilizaste y, por mucho que buscas, ahí no está. Conclusión: eres tonta y a mes y medio de empezar el viaje ya has perdido la tarjeta de crédito. Consecuencia: cambio de planes para la mañana. Comienza una maratón de búsquedas en internet y llamadas a España para poder cancelarla. Por fortuna, consigues solucionarlo más o menos pronto y un rato después ya estás en los charcos de la calle, dispuesta a comerte Mandalay aunque aún con la sensación de ser la más torpe del mundo.

Te habían dicho que la ciudad se podía recorrer bien andando, que todo estaba más o menos cerca, pero es totalmente falso y ahí te ves, a las dos de la tarde, bajo un sol abrasador de los que te dejan atontado, incapaz de llegar al Palacio Real, tu primera parada en Mandalay. Entras en la que fue la residencia de los monarcas birmanos desde mediados del siglo XIX y te das un paseo por alguna de las estancias, todo enorme, pero todo reconstruido desde 1990, pues quedó totalmente destruido tras la II Guerra Mundial.

Palacio Real de Mandalay

Después, arrastrando los pies por el calor, recorres algunos monasterios de teca, típicos de la ciudad, la pagoda Sandamuni, con el llamado el “libro más grande del mundo” en su exterior, 1774 planchas de mármol que recogen las enseñanzas del Tripitaka, o canon budista. Al final de la tarde subes a la colina de Mandalay para ver la puesta de sol, aunque no haces fotos porque tienes que pagar por ello y te da coraje, así que te vas con la imagen grabada en tus retinas.

Colina de Mandalay, Birmania

Ya de noche, regresas a tu hotel, parándote antes a cenar en los puestecillos del mercado nocturno, que es de las mejores cosas que tiene Asia. Después de que Mandalay no te haya aportado demasiado, a pesar, o quizás precisamente por las expectativas que tenías, al día siguiente irás a conocer los alrededores con la pareja británica con la que empezaste la mañana y con el Jo-Jo, el taxista casi adolescente que os llevó a la ciudad.

La primera parada de la mañana es en el monasterio Mahagandayon, a la hora del almuerzo (que no es más que las 10 de la mañana) de los más de mil monjes que viven allí. Todos salen de sus habitaciones (o de dónde estuviesen) y van en una interminable fila granate hacia el comedor, cada uno con su cuenco en la mano, para engullir lo que toque en algo más de 10 minutos.

Almuerzo de monjes en Mahagandayon, Birmania

Continúas hasta Sagaing y subes a su colina, desde la que hay unas vistas espectaculares del río Irawadi y de la ciudad de Mandalay al fondo, ya con el mismo calor aplastante del día anterior pero esta vez sin tener que pagar por hacer la foto o simplemente llevar un smartphone, no vaya a ser que la tentación te pueda.

Colina de Sagaing, Birmania

Después de comer, cruzas en un barquito hasta Inwa, una antigua capital del país, y en un coche de caballos, pues no hay otra manera de recorrer esta isla enfangadísima, vas visitando los templos que la salpican, una estupenda manera de ir abriendo boca para lo que te espera en Bagán.

Templos en Inwa, Birmania

Cierras la tarde disfrutando de la puesta de sol sobre el puente de U Bein, en Amarapura, el puente de teca más largo del mundo, con sus 1,2 kilómetros (en este punto te preguntas cuántos puentes de teca hay en el mundo, claro…) y 1086 pilotes que lo soportan. Aunque lleno de turistas, merece la pena el juego de luces al atardecer, más aun cuando cientos de libélulas empiezan a revolotear a tu alrededor.

Puente Amarapura, Birmania

 

Amarapura, BirmaniaPara finalizar el día, te vas a dormir todo lo temprano que puedes, pues has decidido machacarte cogiendo un tren a las 4 de la mañana para ir a Hsipaw, tu siguiente destino.

Ay, Mandalay, te vas a salvar porque tienes unos alrededores que bien valen una visita

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